Archivo diario: 10 de febrero de 2017

El agua, nueva arma de guerra en plena tregua siria

Cerrando el sexto año del conflicto sirio, el agua se convierte en nueva arma de guerra. Cuatro millones de personas se han quedado sin una gota en Damasco después de que los canales del manantial que abastece al 70% de la capital siria fueran deliberadamente volados por los aires. La relativa calma que viven la mayoría de los frentes con la tregua en vigor se ve empañada por el desafío diario que supone acceder a unos servicios básicos convertidos en objetivos de guerra.

“Llevamos seis días seguidos sin una sola gota de agua. Lo que se suma a los constantes cortes de luz. Desandamos la historia para vivir como vivían nuestros antepasados”, lamenta al teléfono y desde Damasco Nisrine F., madre de cuatro hijos y desplazada de la periferia damascena. Gestionar los magros recursos con los que cuenta su hogar ha llevado a esta ama de casa a hornear su propio pan, desterrar la carne de su dieta, calentar la cama de sus hijos con piedras calientes, coser sus ropas y compartir el alquiler de una humilde casa con tres familias más. Hoy y desde hace dos semanas tiene que recorrer las calles cargada con bidones de plástico en busca de agua en una nueva realidad donde fregar los platos o darse una ducha pasa a ser cosa de ricos.

Según la ONU, cerca de 15 millones de personas sufren escasez de agua en toda Siria, más de 600.000 en Alepo. Lo que ha llevado a los hogares a invertir un 25% de sus recursos en su abastecimiento. “El que menos tiene intenta llenar sus botellas en las fuentes de los parques aunque no sea potable, y quien puede compra de los camiones cisterna”, dice al aparato Ahmed M., vecino de Damasco. Tanto el Gobierno sirio como las organizaciones humanitarias internacionales han comenzado a restaurar pozos y distribuir agua mediante camiones cisterna a los habitantes de la capital, la mitad de ellos desplazados.

El pasado 23 de diciembre los conductos que transportan el agua desde el río Barada, a 25 kilómetros al noroeste de Damasco y principal fuente de abastecimiento, fueron detonados. Como en todo suceso en la guerra siria, insurrectos y fuerzas leales al régimen mantienen acusaciones cruzadas. La región del valle Barada permanece bajo el control de grupos rebeldes y de yihadistas de Fatá al Sham (antigua filial de Al Qaeda) quienes ya en el mes de julio explosionaron varias tuberías de agua dejando secos los grifos de Damasco.

A su vez, los insurgentes del valle Barada llevan meses cercados por las tropas regulares sirias y las milicias aliadas, como la libanesa Hezbolá. Si bien el agua constituye un elemento nuevo en el conflicto, la hambruna como arma de guerra se ha normalizado poniendo en riesgo de inanición a cerca de un millón de personas en los 56 cercos que los múltiples bandos mantienen en el país. A través de un comunicado difundido este martes, varios grupos insurrectos de la región junto con los rescatadores de los Cascos Blancos llamaron a un alto el fuego. El documento exige el acceso a la ayuda humanitaria a cambio de autorizar la entrada de expertos que reparen las infraestructura acuíferas. Un trueque que se resume en ‘agua por comida’. Lejos de materializarse el acuerdo, los enfrentamientos se han recrudecido provocando el desplazamiento de otras 1.300 personas, según cifras proporcionadas por la agencia nacional de noticias siria, Sana.

Transcurrida una semana de tregua, los sirios hacen una lectura menos optimista del acuerdo sellado entre Ankara y Moscú que habrá de reunir a insurgentes y régimen sirio en Kazajistán a finales de mes. Si bien el frágil alto el fuego ha silenciado obuses y bombarderos estancando los contadores a 312.000 muertos, las condiciones de vida de los civiles se deterioran a marchas forzadas. El enquistamiento de la guerra les ha robado progresivamente todos y cada uno de los derechos básicos del ser humano, convirtiendo centrales eléctricas, hospitales, panaderías y centros educativos en objetivos de guerra. El valle Barada simboliza una escalada más en la erosión de la humanidad en un conflicto donde batallas como ésta no se libran solo con balas, sino cortando grifos y vaciando estómagos.

Como consecuencia, Nisrine y sus vecinos de Damasco inauguran el nuevo año sumando otro lastre a la yincana diaria en la que se ha convertido sobrevivir en la principal urbe del país.

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