Paliar la escasez de agua

En los contextos de cooperación al desarrollo centrados en el abastecimiento de agua para consumo humano, la desalinización no es una tecnología habitual”, apunta María del Mar Moreno, responsable de agua y saneamiento de la ONG ONGAWA. “Al menos hasta ahora, esa tecnología resulta compleja de mantener y exige un alto consumo eléctrico, lo que limita su utilización en contextos de pocos recursos económicos y pocas capacidades técnicas”.

Para Moreno, la autogestión es fundamental. “En la mayoría de las comunidades en las que trabajamos, los sistemas instalados se autogestionan por la propia comunidad, por lo que para asegurar su sostenibilidad a largo plazo tienen que ser económicos y no deben generar tarifas inasumibles para los usuarios. Además, la comunidad local debe disponer de medios técnicos para que sus miembros puedan realizar el mantenimiento de las instalaciones”, señala.

En casos de emergencia, como campamentos de refugiados o situaciones de catástrofe medioambiental en zonas costeras o con acceso a pozos de agua salada, sí es más común que los equipos de ONG utilicen pequeñas estaciones portátiles de desalinización. Algunas son de evaporación y funcionan con energía solar, y otras de ósmosis inversa. En estos casos el personal técnico de las organizaciones se hace cargo del mantenimiento y los sobrecostes de la producción del agua son asumidos por las organizaciones, no por la población. “Son soluciones que valen para estas situaciones, pero cuando te vas del lugar tienes que cambiar a algo más sostenible”, expone Mporeno.

Para Ángel Cajigas, de la Dirección General del Agua, “si hablamos de un país pobre el uso de desaladoras es complicado”. El coste de producir agua desalada, apunta, “es el que es” y, salvo que estén subvencionadas, ve complicado aplicar esas tarifas en países pobres.

Cajigas admite que la desalinización es “clave” para combatir la escasez, pero opina que tiene que formar parte de un mix. “Además de apostar por los recursos convencionales, como las aguas superficiales y las subterráneas, hay que empezar a apostar por la recuperación, algo que en España llevamos 40 años practicando. En vez de tirar las aguas residuales depuradas al mar, podemos recuperarlas para el regado de campos de golf, por ejemplo”. De este modo, mantiene el técnico, no se sobreexplotan los pozos dividiendo su agua entre el regado del campo y el consumo. Se riega el campo con el agua recuperada y la del pozo se usa para beber.

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