Agua sucia: La mayoría de los hogares filtra el agua con telas en Mabilioni. Qué pena.

Caudaloso y arrebatado, el Pangani se mueve con brío incluso en su curso más bajo, precisamente donde los habitantes de Mabilioni se surten de un agua que, después de haber bajado desde las montañas, ya se ve marrón y turbia. “Ni es potable ni actualmente tienen medios para hacer que lo sea, con el consiguiente riesgo para la salud que eso supone”, explica Alfonso Zapico, asesor técnico de Ongawa en Same. “Para beberla, la mayoría de los hogares filtra con telas. Sólo unos pocos tienen recursos para hervirla o utilizar pastillas potabilizadoras, que sólo se pueden conseguir en la ciudad”, abunda Zihirwani Wales, presidente de la junta de Gobierno de Mabilioni.

Transcurre la mañana muy tranquila a orillas del Pangani. Dos mujeres lavan con energía sus cubos de plástico. Primero frotan con barro para levantar la mugre. Luego dan otra pasada con jabón. En uno llevan la colada; el otro volverá lleno al hogar. El detergente que han usado contaminará esas aguas y perjudicará a los vecinos del siguiente pueblo por donde pase el río, de igual manera que a ellas pues ¿quién sabe cuántas personas se habrán aseado en los niveles más altos de su curso?

Las consecuencias palpables de consumir agua sucia son las enfermedades de transmisión hídrica como diarreas, malaria, cólera o lombrices intestinales. Un tercio de las muertes de niños menores de cinco años está relacionado con la falta de higiene a causa de la escasez de este recurso. En Tanzania, hasta 9% de ellas se producen por diarreas. “Las infecciones de orina son las más habituales aquí”, precisa Zakati que, además, es la alcaldesa de Mabilioni. Para aliviar estas enfermedades hay que desplazarse hasta el dispensario médico del núcleo urbano más cercano, Hedaru, a nueve kilómetros. Este es otro obstáculo más que dificulta la vida de los habitantes de Mabilioni pues en el pueblo no se ve ni un carro y, mucho menos, un vehículo a motor. “Hay que llamar un taxi cuando, por ejemplo, una mujer embarazada sufre una complicación en el parto”, comenta la alcaldesa de nuevo. “Un taxi cuesta unos 35.000 chelines tanzanos (15 euros)”, puntualiza, una cantidad que supone el sueldo de un mes de un agricultor. ”Si no tienes dinero, te mueres”, sentencia Zakati.

Las enfermedades, no obstante, no son la única consecuencia de esta carencia. “Existen más peligros: hace tres meses un cocodrilo atacó a un niño que iba al río y lo mató”, asegura la alcaldesa.

En Njoro, Emuguri e Ishinde se ha apreciado que la incidencia de enfermedades de transmisión hídrica ha disminuido, según relata Ongawa en su informe final del proyecto Mama, y las localidades están creciendo económicamente porque desde que tienen pozos pueden dedicarse a otras actividades, como la agricultura. Tan solo en Njoro hay 16 fuentes y 86 acometidas más de propiedad privada. En Kihurio, a 40 kilómetros de Mabilioni, no se ve cola en la fuente de la plaza del pueblo. “Es buena señal, significa que no hay escasez, que todos tienen lo que necesitan”, aclara Bidyanguze Nyawenda, responsable de infraestructuras hidráulicas del equipo de Ongawa en Same.

Para que este orden sea posible, existen figuras como la de los técnicos de las entidades de gestión comunitaria de agua y saneamientos (COWSO). Ellos son los encargados de recaudar el dinero de la comunidad para pagar a la Oficina de Aguas del Pangani la cuota anual por el uso del caudal, que asciende a 140.000 chelines tanzanos (unos 63 euros). También velan porque el sistema funcione correctamente y para eso cuentan con personas como Shamba Nkondo, técnico de mantenimiento. Él se encarga de revisar a diario el enorme tanque con capacidad de 180 metros cúbicos que provee a más de 6.000 vecinos. Cada día abre las compuertas entre las seis de la mañana y las seis de la tarde. “Una vez en semana, recorro los ocho kilómetros de tubería soterradas para comprobar que no hay fugas ni averías”, explica.

Mabilioni, no obstante, no ha sido siempre una aldea olvidada. Es una aldea malograda. Hace unos años, una ONG realizó una inversión mastodóntica para construir pozos pero, una vez ejecutada la obra, se dieron cuenta de que la calidad del líquido elemento era pésimo, demasiado salino, y no apto para el consumo. “Mabilioni necesita agua, sí, pero al menos tiene un río cerca. Hay otros que no tienen absolutamente nada”, advierte Mussa Iddi Msangi, Ingeniero Responsable del Departamento de Agua en el Gobierno del Distrito de Same. “Hemos elegido 10 pueblos con peor acceso para que sean los siguientes en beneficiarse del Programa Nacional de Agua y Saneamiento, que depende del Banco Mundial. Mabilioni no está en esa primera criba, pero sí en la segunda”, añade.

Existen otros proyectos que planean mejorar el pueblo: uno de ellos esel que acaba de iniciar WWF y que durará hasta 2017. Consiste en llevar energía limpia, electricidad y agua a Mabilioni que, así, se convertiría en un vergel ecológico. Pero, la realidad, hoy, es que las mujeres siguen caminando durante varias horas al día y cargando con pesados cubos y que el nombre del pueblo está enterrado en algún montón de documentos del Ministerio de Agua del Gobierno, que no ha dado aún una solución a sus habitantes, los cuales no pueden sino envidiar la calidad de vida de otros vecinos más afortunados.

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