El cambio climático añade dificultad al sector alimentario necesitado de agua, sobre todo en el trópico

El negocio y el futuro de la producción alimentaria, según los analistas, está en las soluciones tecnológicas. “En inglés lo llamamos more crop per drop: más cosechas por cada gota de agua”, considera Sarbjit Nahal, estratega de Bank of America Merrill Lynch. “Hay oportunidades de negocio en el tratamiento, gestión, infraestructura y suministros de agua, así como en semillas y productos agrícolas tolerantes a la sequía, agricultura de precisión”.

Grandes empresas del sector ya están trabajando en ello. “Los productos para la protección de las plantas están yendo más allá de los fitosanitarios”, comenta Carlos Vicente, director de Sostenibilidad de Monsanto para Europa. “Hay productos desarrollados a partir de mecanismos que ya se encuentran en la naturaleza, como productos microbianos que ayudan a controlar plagas y potenciar el rendimiento, o el ARN de interferencia, que son instrucciones que hacen que plagas, malas hierbas o incluso parásitos de insectos beneficiosos, como las abejas, no hagan el daño que pueden hacer”.

Las posibilidades tecnológicas ya existen. “El regadío por aspersión utiliza mucha menos agua que la inundación”, explica el tecnólogo Ramez Naan en una entrevista al proyecto Future Foods 2050, organizado por el Instituto de Tecnología de los Alimentos (ITF). “Aunque sea un simple cambio como regar por la noche, cuando hay menos posibilidades de pérdidas por evaporación”. “En muchos casos, el que decide qué se riega y a qué hora es el agricultor, que la mayor parte de las veces es el propietario de la finca”, explica Juan Carlos Jiménez, socio fundador de IG4 Agronomía, una empresa de Huelva dedicada a aplicar las nuevas tecnologías al regadío. Y su criterio es por aproximación y observación: ahora 20 minutos, ahora tantas horas. “Lo que nosotros hacemos ir a la raíz, donde se ve qué le pasa a cada planta. Medir la humedad, la temperatura, ver que se usa la cantidad adecuada de agua y fertilizante”.

También el sector de la maquinaria agrícola está haciendo avances. “Todas las empresas están trabajando para que haya equipos más inteligentes, tractores que puedan medir qué le pasa a la planta por la que pasan”, explica Ulrich Adam, presidente de la patronal europea CEMA. “Incluso en países desarrollados, donde la productividad no puede crecer mucho más, se están consiguiendo mejoras en los rendimientos de entre un 3% y un 4%, y, lo que es realmente bonito, con mucho menos agua y fertilizantes”. Según Bank of America Merrill Lynch, el mercado de equipamientos agrícolas pasará de 130.000 millones de dólares en 2013 a más de 208.000 millones en 2018, un aumento del 60% en cinco años. Solo el mercado de drones (aviones no tripulados) de uso agrícola está estimado en 2.000 millones de dólares.

Para el grueso de los analistas, los mayores rendimientos pasan por un uso más intensivo de la tecnología. El reto está en llevarla a los mercados emergentes y a los pequeños agricultores. “Mucha de la agricultura en África se hace a base de azadón”, comenta Villarreal. “No solo es muy poco productivo, es dañino: eso deja a los granjeros con la espalda doblada en dos”. Desde las organizaciones internacionales se apuesta por la creación de cooperativas y asociaciones de pequeños granjeros para obtener las economías de escala necesarias para la mecanización. “Hay que organizar a los agricultores”, defiende Nwanze. “Hay iniciativas muy buenas que se están llevando a cabo en África”, explica Villarreal. “Juntar 20, 30, 40 agricultores para que puedan comprar un tractor. Y es un buen negocio para todos: para quien compra el tractor y para quien lo vende”. “Las nuevas tecnologías son caras porque requieren de una inversión de capital”, reconoce Ulrich Adam, “pero lo que pasó con la telefonía móvil, que ha entrado muy fuerte en el campo y ahora tiene una presencia enorme, puede pasar con otras tecnologías. La revolución digital puede hacer que la agricultura no sea tan intensiva en capital como lo es ahora”.

La tecnología también será indispensable cuando la industria agroalimentaria deba enfrentarse al cambio en el paradigma energético. El drástico aumento de la producción de hidrocarburos gracias a la fracturación hidráulica puede haber reducido las presiones económicas sobre los granjeros, pero el empuje de los objetivos de reducir emisiones de dióxido de carbono y el abaratamiento de las energías alternativas supondrían un cambio dramático en el sector.

La expansión del mercado de biocombustibles ha sido responsabilizada de la creciente demanda de tierras a nivel global, pero es poco si lo comparamos con el imparable aumento del consumo de carne. El 60% del incremento de producción de alimentos que se produzca hasta 2025 estará destinado a piensos. En la mayoría de países emergentes, el consumo de carne es un símbolo de modernidad y estatus: la señal de que se ha llegado a la clase media. “Pero si toda la Humanidad comiera carne como en Occidente, no habría planeta suficiente”, considera Villarreal.

Pero, posiblemente, el desafío tecnológico más serio es transporte y almacenaje de los alimentos. Un estudio patrocinado por la FAO estima que, en Norteamérica y Oceanía, hasta un 60% de las raíces y tubérculos se pierde en el camino que va desde el campo al consumidor. En el norte y centro de África, hasta un 55% de la fruta. “Uno viaja por Colombia y encuentra mangos preciosos tirados en el suelo”, comenta Villarreal. Desarrollar redes de transporte y cadenas de frío requieren grandes inversiones. No es la única solución posible. “Las producciones son más eficientes y menos costosas cuanto más cerca están de las zonas de consumo”, reflexiona Carlos Vicente. “Puede que la solución sea que los agricultores puedan abastecer a las poblaciones en sus zonas de origen”, añade.

Tecnologías como la de granjas urbanas podrían impulsar este movimiento, pero, para Ulrich Adam es más una cuestión de hábitos de consumo. “En el mundo desarrollado, la mayor parte de las pérdidas se produce en nuestros frigoríficos”, considera, “y por la distribución. Sobre todo mucha fruta y verdura se tira porque no tiene los criterios de calidad que exigen los consumidores. La tecnología puede ayudar a producir fruta más bonita, pero también quizás sea una cuestión de educar al consumidor para que no quiera comida perfecta en todo momento”.

La calidad de los alimentos también preocupa a los consumidores, tanto en los países tradicionalmente industrializados como en los emergentes. En 2008, una epidemia de dolencias renales empezó a afectar a miles de bebés en China. Pronto se encontró que la responsabilidad era de un lote de leche infantil adulterada con melamina, un pegamento industrial. Fue la primera de varias sonadas crisis alimentarias en el país asiático. Otras crisis, como la de las vacas locas en Europa y Norteamérica, han puesto presión sobre la industria y le han obligado a redoblar sus esfuerzos por garantizar la seguridad de los productos que vende.

Por otro lado, los consumidores buscan cada vez más variedad, cada vez más salud y cada vez más autenticidad en los productos que consumen. Y el sector responde. “Hoy en día, dos de cada tres compañías de la industria alimentaria están dedicadas de forma permanente a alguna clase de innovación”, explican desde el grupo de presión en Bruselas de la patronal europea del sector, FoodDrinkEurope. “El 50% de los productos que vemos en los supermercados hoy no estarán en los lineales dentro de cinco años”. “Los mercados son muy sensibles ante los temas medioambientales”, comenta Jiménez. “Cada vez se busca más la huella del agua, si se ha hecho un uso respetuoso del agua en la producción”.

El cambio en las preferencias de los consumidores también ha fomentado el crecimiento de pequeñas compañías fuera de los grandes grupos empresariales, especializadas en productos muy específicos creados con unos estándares muy difíciles de alcanzar por la producción en masa. “Nunca se han creado más empresas emergentes en la industria alimentaria como ahora”, comenta Michael Boland, profesor de la Universidad de Minnesota y experto en la evolución del sector agroalimentario. “Hay muchas rupturas con el pasado ahora mismo”.

“La inversión del sector empresarial al desarrollo agrícola es de hasta el 75% del total”, explica Nahal. ¿Vale la pena desde un punto de vista económico? “La inversión en I+D agrícola continua siendo una de las inversiones más productivas ahora mismo”, considera. “Ofrece tasas de retorno de entre el 30 y el 75%”. Un estudio de más de 200 proyectos de regadíos del Banco Mundial entre 1960 y 1995 habla de una tasa de retorno del 15%.

Para los países hay un incentivo adicional: eliminar el hambre no es solo un imperativo moral, sino que tiene sentido desde un punto de vista económico. Bank of America Merrill Lynch calcula que el hambre tiene un efecto en la economía global de dos billones de euros, casi el equivalente al peso del sector alimentario entero. Demasiada riqueza como para dejar que se pierda.

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