La primera independencia impulsada por el calor

Groenlandia puede convertirse en el primer país en la historia que se independiza gracias al cambio climático. El deshielo en el Ártico está abriendo la posibilidad de explotar con más facilidad sus recursos minerales (uranio, gemas y tierras raras) y fósiles. Con ellos podría llegar la independencia económica necesaria para despedirse de la soberanía danesa. En 2008 la isla aprobó —con el 75% de los votos a favor— un estatuto de autonomía que admite su derecho a la autodeterminación y el control de la riqueza de su subsuelo. En diciembre pasado, la firma canadiense True North Gems ponía en marcha en la localidad de Aappaluttoq la primera mina de rubíes de la isla. El proceso es difícil, pero no descartable.
También en las tierras del Ártico, la subida de las temperaturas facilitará el trabajo de Repsol, que tiene 396 bloques de exploración en Alaska, sobre todo en la costa norte del territorio estadounidense (232). “Un área especialmente prometedora para la empresa, que ya ha demostrado ser rica en crudo”, describe la memoria de la compañía de 2013. Con tanto en juego, parece lógico preguntarse si las grandes corporaciones petroleras no habrán transformado el calentamiento del planeta en un plan de negocio. Así lo cree Bill McKibben, reputado medioambientalista estadounidense. “La industria de los combustibles fósiles es la que está ganando ahora todo el dinero y quiere que siga siendo de esa forma, de ahí que tengamos los obvios problemas de ajuste”. Y remata: “Resulta difícil romper su poder”.
Paradójicamente, en la fractura medra el disputado fracking. Ángel y demonio. Su forma de extracción consume una elevada cantidad de agua y cada vez resulta más difícil sostener que sea un puente hacia las energías renovables. Aunque siempre existen voces discordantes. Bjorn Lomborg —autor del contestado (la revista Nature publicó en 2001 una dura crítica del libro) El ecologista escéptico— relata que el fracking y la transición del carbón al gas en Estados Unidos “ha reducido más las emisiones que toda la energía solar y eólica del mundo”. Aunque como reconoce el propio Lomborg: “El gas todavía es un combustible fósil y a largo plazo necesitamos propuestas incluso más limpias”. A la búsqueda de una solución perfecta, que se retrasa, pervive un mar social de fondo del que avisa The New York Times en un artículo reciente. “El movimiento por la justicia global del clima se está extendiendo. Desde mediados de los noventa, las protestas medioambientales han crecido un 29% al año en China. Cientos de ciudades alemanas han votado a favor de recuperar sus redes eléctricas de las grandes corporaciones. Y, además, dos tercios de los británicos quieren renacionalizar la energía y el ferrocarril”. En el fondo, tal vez la periodista Naomi Klein acierta en su libro This Changes Everything: Capitalism vs. the Climate Change cuando sostiene que el calentamiento de la Tierra es el mejor argumento que nunca ha tenido la izquierda para promover una transformación social. Los tiempos, como el clima, están cambiando.

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