Caudales y caudales bajo el océano

Casi tres cuartas partes de la superficie terrestre está ocupada por los océanos. Un hábitat de cuyas entrañas podría emanar un nuevo caudal económico, previa exploración y explotación de los recursos ocultos en las profundidades.
Los fondos marinos representan un pozo apenas rastreado. Más allá del perímetro jurisdiccional de los países, existe un área llamada La Zona. Esta parcela abarca 260 millones de kilómetros cuadrados -tres veces más que todas las demarcaciones nacionales juntas- y está regulada por la ISBA (la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos). Así, los elementos aprovechables que alberga -minerales metálicos, recursos energéticos, genéticos y rocas- son patrimonio de la humanidad. Pese a que la comunidad científica avisa del enorme potencial económico de La Zona, ésta aún resulta un territorio casi virgen. De hecho, algunos expertos admiten que tienen más información sobre Marte.
Algo podría estar cambiando, no obstante. El agotamiento de los recursos obtenidos a partir de los yacimientos en tierra, que conlleva a su vez un encarecimiento de los costes derivados de la extracción, animará previsiblemente a los organismos públicos y a las empresas a plantear la alternativa oceánica. Una vertiente que viene favorecida, asimismo, por el desarrollo tecnológico aplicable a esta actividad.
“La exploración de los fondos marinos todavía está en la génesis”, explica Luis Somoza, investigador de geología marina del departamento de prospectiva geocientífica en el IGME (Instituto Geológico y Minero de España). Coincide con él, su compañero Francisco Javier González, del departamento de recursos geológicos y especialista en recursos minerales marinos, quien apunta que desde hace diez años ciertos consorcios internacionales de carácter mixto público-privado -en los que participan Alemania, China, India, Corea, Rusia o Brasil, por ejemplo- ya trabajan sobre el terreno.
El principal obstáculo para el estudio de las profundidades oceánicas es el aspecto económico. “Las inversiones a realizar en la exploración de los recursos minerales asociados a los fondos marinos son elevadas, desde luego superiores a las que se efectúan en zonas emergidas”, afirma José Pedro Calvo, director general del IGME. De ahí que sea la perspectiva de tener acceso a algunas de las materias primas más cotizadas por el tejido industrial, la que más apoye la evolución de la investigación.
Entre las alhajas que aguardan en los fondos profundos cabe subrayar los campos de nódulos de manganeso, de los que pueden obtenerse varios metales como el níquel, el aluminio, etc. También las chimeneas de sulfuros masivos (de las que sacar hierro, zinc, etc.) o las costras ricas en cobalto y los yacimientos tipo placer (titanio, circonio, oro, etc.). Algunos de estos minerales son imprescindibles para los sectores manufactureros. El níquel, por ejemplo, es muy utilizado en la robótica; el cobalto, necesario para la metalurgia o para la fabricación de algunos componentes aeronáuticos, y el titanio, útil para la industria papelera. Hay además otros recursos, como los energéticos (petróleo o gas natural) y los genéticos (microorganismos). Los primeros, más relevantes que nunca frente al déficit de energías actual que empieza a acuciar; y los segundos, de uso probable en el sector farmacéutico.
Ante la pregunta del millón, hasta qué punto la investigación abre la puerta al expolio de los fondos marinos, tanto Somoza como González son contundentes: “El conocimiento lleva a la preservación. Si los investigadores accedemos al estudio de las profundidades y sabemos dónde están los depósitos minerales y demás recursos, podremos pautar y ordenar la explotación y evitar efectos como los que produjo la minería del siglo XIX”.
Oportunidad nacional
España es tradicionalmente un país volcado al mar, y como tal debería actuar en este campo de estudio, según indican los expertos. El IGME es el organismo que articula la infraestructura para el conocimiento geológico de las áreas litorales y de la plataforma continental y talud del país, entre otros. En los últimos ejercicios ha contado con unos 150.000 euros al año para la actividad en esta área -sin incluir los buques utilizados en las campañas, a cargo de las instituciones propietarias de las naves-. Una financiación que llega a través de los proyectos aprobados por el Plan Nacional de I+D.
La acción científica y los agentes privados podrían cooperar, reportando a la postre algunas soluciones a los graves problemas de dependencia energética y de materias primas que soporta la economía de España y ofreciendo un nuevo horizonte de reconversión en diversos ámbitos, como el naval o la minería. Además de la posibilidad de establecer relaciones con países en vías de desarrollo. De los océanos, por lo tanto, brota una oportunidad que barajar. “Nuestro trabajo de hoy puede ser el germen para que España se implique más en estos proyectos”, argumenta González. “Tenemos que explicar a la sociedad que no somos bichos raros, que hacemos cosas útiles”, zanja.

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