La pobreza hídrica de 2.500 millones de personas

Casi 800 millones de personas no tienen acceso seguro a fuentes de agua potable; 2.500 millones no disponen de servicios de saneamiento (alcantarillado y depuración, básicamente); y 2.000 niños mueren al día por enfermedades asociadas a estas dos carencias. Estos datos volvieron a resonar durante la celebración, el pasado 10 de diciembre, del Día Internacional de los Derechos Humanos. Organizaciones como Ongawa Ingeniería para el Desarrollo Humano y End Water Poverty advirtieron del largo camino que queda para superar la “pobreza hídrica” que viven muchas personas y que también afecta al medio ambiente.

Desde Ongawa, María del Mar Rivero recordaba que aunque el acceso al agua potable y al saneamiento aparecen mencionados, entre otros, en el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 que recoge el derecho a un nivel de vida adecuado y a la salud, “no es hasta el 10 de julio de 2010 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoce el derecho al agua y al saneamiento como derechos esenciales”. En el lado positivo hay que mencionar que en las dos últimas décadas más de 2.000 millones de personas han accedido a agua potable segura.

Reducir a la mitad el porcentaje de la población mundial que no dispone de este servicio era uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de las Naciones Unidas. Según esta última organización, en 2010 la proporción de población con acceso a ese tipo de fuentes llegó al 89% (76% en 1990). “Esto significa que la meta relativa al agua potable se logró cinco años antes de la fecha programada, a pesar del crecimiento significativo de la población”, relatan en el informe de 2013, publicado en el mes de junio, sobre el estado de cumplimiento de los ODM.

Sin embargo, la propia ONU reconoce en dicho informe que le inquieta “la calidad y la seguridad de muchas de las fuentes mejoradas de agua potable”, y advierte de que la cantidad de personas sin acceso seguro a este bien podría ser dos o tres veces superior a las estimaciones oficiales. Además, dicho acceso no se logra de manera uniforme en todas las regiones, ya que en el Cáucaso y Asia central la cobertura cayó del 89% en 1990 al 86% en 2011. Y hay algo más: el 38% de los 6.200 millones de personas que usan fuentes mejoradas de agua potable no cuenta con la comodidad de disponer de este recurso por cañerías en su hogar ni con los beneficios para la salud y económicos asociados.

Casi 2.400 millones de personas tienen que dedicar mucho tiempo y energía en filas situadas en lugares públicos donde se suministro de agua y acarrear pesadas cargas al hogar que a menudo solo satisfacen las necesidades esenciales de agua potable. End Water Poverty señala que las mujeres del hemisferio sur emplean 200 millones de horas al día para colectar agua y caminar una media de seis kilómetros diarios con 20 litros sobre sus cabezas. La ONU quiere aportar aquí algunos datos positivos, como el porcentaje de personas que deben utilizar agua de superficie sin tratar, que cayó del 6% en 1990 al 3% en 2011. “De todos modos –prosiguen en el informe de los ODM–, más de 180 millones de personas deben recurrir a ríos, arroyos, estanques o lagos para satisfacer sus necesidades diarias de agua potable”.

Pero el objetivo marcado para 2015 está a medias de conseguir, ya que la gran deficiencia siguen siendo esos 2.500 millones de personas sin saneamiento adecuado de las aguas. En 1990 algo menos de la mitad (49%) de la población contaba con este servicio, y según los ODM la cobertura debe extenderse al 75% para cumplir con la meta. El nivel actual es del 64%. A pesar de que cada día nacen más personas en hogares con inodoros conectados a redes de alcantarillado y depuración, hay que “extender los servicios de saneamiento a aproximadamente 660.000 personas al día hasta 2015”, concluye el informe.

María del Mar Rivero enfatiza que “el derecho humano a la salud, a la alimentación o a la educación, se ven afectados directamente cuando no se respeta el derecho humano al agua y al saneamiento, por lo que no se puede hablar de garantizar cualquiera de ellos sin agua o sin saneamiento”. Entre otras consecuencias, las enfermedades de transmisión hídrica (especialmente las diarreas), las causadas por un saneamiento inadecuado o aquellas derivadas de una alimentación deficiente “suponen un coste económico en medicinas y cuidados que afectan gravemente a las familias y, en definitiva, a los Estados”, recuerda la representante de Ongawa.

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