Los regantes de Lleida se desmarcan de los problemas del delta del Ebro

“¡Ojalá el Ebro pudiera tener el doble de caudal ecológico, y así reduciría la salinidad en el delta! Pero agua hay la que hay y los campos también tienen que regarse para que produzcan alimentos”. Lo explica Ramon Carné, presidente del canal de Urgell, una infraestructura centenaria que riega 70.000 hectáreas de cinco comarcas de Lleida a través de un canal principal de 240 kilómetros, otro auxiliar y cuatro acequias.

Este canal, que se abastece de los pantanos de Oliana y Rialb, tiene otros usos además del riego: abastece de agua potable a un centenar de poblaciones, industrias y explotaciones ganaderas. Tiene una concesión administrativa de 9.000 metros cúbicos anuales por hectárea, aunque en campañas secas no llega a consumir esa cantidad. El 60% del agua la destina a riegos.

El agua ha sido siempre una materia sensible y cualquier cambio de caudales o proyecto de trasvase suscita confrontaciones de difícil arbitraje. La última batalla ha empezado a librarse por el nuevo Plan Hidrológico del Ebro, aprobado hace quince días por el Gobierno central. Sus detractores afirman que comportará graves consecuencias ambientales en el delta, un espacio natural declarado reserva de la biosfera por la Unesco.

Los contendientes en esta nueva guerra del agua están dispuestos a defender sus posiciones con todas sus armas, políticas y legales, como hicieron hace diez años ante el Plan Hidrológico Nacional (PHN) presentado por el Gobierno de José María Aznar. Entonces la oposición en las comarcas del Ebro fue tan fuerte que el documento no llegó a aprobarse.

Las hostilidades, siempre latentes, están declaradas. A un lado, los regantes, la industria, las eléctricas y la gran mayoría de municipios de nueve provincias afectadas por el plan, entre ellas Lleida. En el otro bando están la Generalitat, los habitantes de les Terres del Ebre y diversas asociaciones medioambientales.

El Gobierno catalán ha anunciado que denunciará el plan ante la Comisión Europea, al considerar que incumple las directivas comunitarias. Los opositores denuncian que las nuevas concesiones de uso y obras hidráulicas dejarán el caudal ecológico bajo mínimos en la última parte del río y pondrán en peligro los ecosistemas del delta. El plan prevé usar hasta 2.000 hectómetros cúbicos para 366.000 hectáreas de regadío nuevas, la mayor parte fuera de Cataluña. El canal Segarra-Garrigues, en avanzada fase de ejecución, irrigará el 8 % de las nuevas superficies de regadío con agua del Segre, afluente del Ebro.

El dilema entre dos prioridades (alimentos o ecologismo) está servido. Las comunidades de regantes, incluidas las del delta, han apoyado el documento porque creen que consolida los regadíos existentes y los proyectados, que en Cataluña suman 275.000 hectáreas. El plan prevé un caudal mínimo para el tramo final del río de unos 3.300 hectómetros cúbicos anuales, mientras que la Generalitat, la Plataforma en Defensa del Ebro y la comunidad científica reclaman que el caudal ambiental sea de 7.100 hectómetros cúbicos en años secos y de 12.500 en años lluviosos.

Carné defiende las bondades del plan porque garantiza los regadíos e incrementa un 10% el caudal ecológico del río. “Es un plan que se puede cumplir, aunque no será fácil en años secos. Lo que no se puede pretender”, señala refiriéndose a la Generalitat, “es contentar a todas las partes. Carné defiende que los regadíos de las comarcas de Lleida no son los culpables de los posibles problemas ambientales del delta. “Los regantes estamos hartos de que desde la metrópoli se nos acuse de derrochar el agua”, se queja. “Es cierto”, añade, “que regamos a manta (por inundación), pero eso no significa que el agua se pierda, ya que la que se va por los desguaces o se filtra en la tierra sirve para alimentar manantiales y fuentes que son utilizadas por otros regantes en cotas más bajas. Nosotros utilizamos el agua para producir alimentos que mayoritariamente se consumen en las ciudades”.

El canal Segarra-Garrigues, la última gran infraestructura de regadío que se construye en Catalunya, será un ejemplo de modernidad y de cómo las nuevas tecnologías aplicadas al campo permiten optimizar los recursos hídricos y obtener altos rendimientos en los cultivos. Actualmente se están regando 5.000 de las 70.000 hectáreas previstas en seis comarcas. Toda la superficie de este sistema funcionará con riego localizado por goteo y aspersión.

El presidente del canal Segarra-Garrigues, Josep Maria Jové, considera que el delta pide más agua de la que necesita y califica de incongruente la postura de la Generalitat al oponerse al plan hidrológico. “Tiene que aclararse de una vez. No es lógico invertir tanto dinero en regadíos y al mismo tiempo pedir 7.100 hectómetros cúbicos de caudal ecológico para el Ebro. Si prioriza lo segundo, no tendrá que hacer regadíos porque no habrá agua. A ver cómo explica eso a los regantes, que tenemos que pagar 6.000 euros por hectárea para poder regar”, señala Jové.

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