Luchar contra la pobreza, también en los países ricos. PARTE II

Si hay un objetivo que va a sufrir una transformación profunda, ese es el de sostenibilidad. “Este es el punto en el que más ha cambiado el mundo desde el año 2000”, apunta Alonso. “Ahora somos mucho más conscientes de deterioro medioambiental. Pero no sabemos cómo tratarlo. Creo que se acordará algo, pero todavía no está claro el qué”, añade. Frente a la solución actual de un objetivo dedicado a este capítulo –”garantizar un medio ambiente sostenible”– el panel de los 27 amplía y desglosa el concepto. “El desarrollo sostenible es el que resuelve las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas”, resume Mohammed. Así, no se trataría solo de “gestionar los recursos naturales de manera sostenible”, según versa uno de los objetivos del grupo de alto nivel de la ONU post 2015, sino también de que cualquier logro sea sostenible en el tiempo desde el punto de vista económico, social y medioambiental. El documento preliminar de los expertos llamados por el secretario general Ban Ki-Moon incluye “garantizar energías sostenibles”, “crear empleos y medios de subsistencia sostenibles” e incuso “garantizar sociedades estables y pacíficas”.

“Estas son metas para los ricos, que consumen el 80% de los recursos. Tienen que cambiar sus patrones de consumo para tener un desarrollo sostenible”, advierte Bissio. “Hay países que han tenido un mal desarrollo, por ejemplo Alemania, que consume más carbón y tiene más pobreza”, asegura. Alonso cree que habrá que llegar a “un punto intermedio porque ni los países desarrollados ni los que están en desarrollo, están donde deberían”.

El mundo es, sin duda, muy distinto al que intentaban mejorar los padres de los ODM. “Han surgido nuevos retos y algunos de los ya existentes se han exacerbado desde el año 2000”, recuerda Amina J. Mohammed. No solo las desigualdades se han profundizado. “La degradación ambiental se ha incrementado. La gente en todo el mundo demanda gobiernos más responsables y más derechos a todos los niveles. Los desafíos de la migración han crecido y la gente joven en muchos países enfrenta un panorama desolador en materia de empleo decente y oportunidades”, enumera la asesora del secretario general de ONU sobre planificación del desarrollo.

Solucionar todos estos problemas necesita algo más que nuevos objetivos. Exige compromiso para que lo acordado no se convierta en una declaración de intenciones. En opinión de Bissio, “algunos de los objetivos de la agenda deberían ser vinculantes. Pero hay una enorme resistencia de los países que tendrían que ceder. Ellos [los ricos] dicen que tienen que ser aspiraciones”. Pablo Martínez Osés, coordinador de la plataforma española 2015ymás coincide en su análisis. “La agenda 2015 tiene que penalizar si se incumple alguna parte del acuerdo”, asegura. “A los países ricos, a los donantes”, matiza. En su opinión quienes no quieren un verdadero compromiso con este acuerdo internacional son los que apelan a que las sanciones serían una injerencia en la soberanía nacional. “No comprendo a los que se comprometen a algo y luego se resisten a que haya mecanismos de control y penalización por incumplimiento”, señala.

José Antonio Alonso se muestra convencido de que “nadie va a aceptar una agenda obligatoria”. Ni siquiera cree que en el seno de las Naciones Unidas sea una cuestión en discusión porque el organismo, por su naturaleza, no puede imponer sanciones. “Lo que sí está en debate es que se construya de manera participada y que se establezcan mecanismos más claros de rendición de cuentas antes las sociedades”, explica.

Martínez Osés, sin embargo, tiene algunas ideas en mente para poder establecer sanciones. “Por ejemplo, no poder participar en los turnos rotatorios del Consejo de Seguridad si no se cumplen sus objetivos”. Y va más allá. “También tendría que haber sanciones para las empresas que no cumplan con esos nuevos objetivos del milenio”. Pero el sector privado, que participa en las conversaciones para definir esa agenda post 2015, va a suponer una gran resistencia en este punto, apunta.

ambién brotan discrepancias sobre la petición, que se abre paso sobre todo desde los países menos desarrollados, de coherencia de políticas. Esto es, que las reglas (nacionales e internacionales) no sean contrarias a la consecución de los objetivos que se fijen. Aunque en la superficie hay consenso en que debe existir esa coherencia, en el fondo y más aún en la práctica, el acuerdo se vislumbra complicado.

Bissio se muestra tajante: “La agenda post 2015 tiene que incluir un cambio de las reglas de juego, de las políticas internacionales para que los países puedan cumplir con los objetivos”. Y pone un ejemplo. “India dice que se quiere reducir la pobreza a cero. Más de la mitad del problema está allí y la mayoría son mujeres o población rural. Por eso, lanza dos programas para hacer stocks de alimentos y repartir otros entre los necesitados. Unas iniciativas que la Organización Mundial del Comercio, la UE y EE UU han dicho que no se pueden hacer. Esto es un contrasentido, le dicen que es ilegal ayudar a los pobres porque contraviene los tratados del comercio internacional”.

El experto tiene en su memoria y expresa con indignación más ejemplos: “En Sudáfrica, donde hay una importante desigualdad social, el Gobierno hace un plan para promover una clase empresarial africana con ayudas o subsidios para personas de origen africano que monten un negocio. Entonces, las empresas transnacionales dicen que es una violación de los tratados de comercio, que es una medida discriminatoria”.

La agenda 2015 debe penalizar a los países ricos que la incumplan”, dice un experto

En este sentido, Martínez Osés sugiere tres políticas cuyo cambio, en busca de mayor coherencia, debería entrar en la nueva agenda. Las de comercio, para que estén “más dirigidas a reducir la pobreza y no a la acumulación de riqueza”. “Además, que preserve el trabajo decente y ponga unos mínimos de derechos laborales”, añade. En cuanto a las políticas macroeconómicas –”hay más resistencia a cambiar a las reglas”, advierte– Martínez Osés sostiene que los países ricos deberían comprometerse a destinar una parte de su presupuesto al desarrollo, interno y externo. “Este es uno de los puntos que se considera que interfiere con la soberanía nacional porque condiciona los presupuestos nacionales”, anota. Un tercer punto incide en la lucha contra la evasión fiscal. “De esto no había nada en los ODM, pero hay mucho dinero que se mueve sin que pase por ninguna hacienda pública”, alerta.

Los expertos y los Gobiernos no son los únicos que tienen voz en esta especie de debate global sobre los objetivos que sustituirán a los actuales tras 2015. Los ciudadanos también han sido consultados en la encuesta MyWorld (Mi mundo) sobre sus preferencias y peticiones, a la que ya han contestado más de dos millones de personas, según datos de la ONU. “La opinión de la gente es distinta de lo que se debate entre gobiernos y expertos”, apunta Martínez-Solimán. “Encontramos que la protección del medio ambiente o la subagenda de gobernabilidad está muy arriba entre los requerimientos de los encuestados”, puntualiza. “Piden gobiernos que respondan, que sean honestos; instituciones y políticos honrados”. ¿Habrá una respuesta firme a estas peticiones ciudadanas? Martínez-Solimán cree que sí. “No se puede sacar una agenda en 2015 que deje fuera aspectos tan importantes para la gente. El buen gobierno se ha colado en el debate global”, considera.

El documento del panel de alto nivel recoge un objetivo en este sentido, que contiene cinco metas genéricas entre las que se encuentran garantizar la libertad de expresión, el derecho a la información y acceso a datos gubernamentales, así como reducir el soborno y la corrupción. La vaguedad de la formulación podría dificultar, no obstante, la medición y control de estos retos.

Pero todavía quedan dos años de conversaciones entre gobiernos, ciudadanos, empresas, organizaciones… Los debates de hoy todavía tienen mucho recorrido hasta que acaben en una lista final de objetivos. Y esta vez, a diferencia de lo que ocurrió con los Objetivos del Milenio, que nacieron en el seno de la burocracia de Naciones Unidas, muchas voces tienen que ponerse de acuerdo. “Veremos que potencias emergentes como Brasil, India o China tendrán un papel decisivo en lo que se acuerde. Ya no quieren ser dirigidas por los países ricos”, señala Danny Srikandarajah, secretario general de la Alianza Mundial para la Participación Ciudadana, Civicus, una red de organizaciones a nivel local, nacional e internacional, con sede en Sudáfrica.

Lysa John, responsable de divulgación de la secretaría del panel de expertos de la ONU para la Agenda post 2015, cree que “la aparición de países de renta media como una fuerza en las negociaciones globales hará que el acuerdo entre posiciones y puntos de vista diferentes sea más complejo que el esquema tradicional de donantes y receptores de ayuda, sobre el que se estructuraron los ODM”. “Globalmente, podemos estar de acuerdo en una visión común del mundo que queremos, pero se necesita un liderazgo nacional (y regional) de los gobiernos”, añade. En definitiva, ese futuro ideal compartido no será posible sin una apuesta política y social decidida por conseguirlo. Y no sin sacrificios de todos para el beneficio de todos. La pregunta que se hacen muchos de los que participan en este debate es: ¿Estamos dispuestos y preparados?

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